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lunes, 28 de mayo de 2012

HONOR DIECIOCHESCO



Se había declarado inocente desde el principio. Cuando fue condenado, se mantuvo en sus trece, hasta el punto de negarse a la interposición del recurso que su abogado le ofrecía. El día que ingresó en prisión amaneció nublado, y al cruzar el sombrío puente que le conducía al interior de la penitenciaría, pensó que seguía prefiriendo pudrirse en aquel lugar infecto, que admitir ante todos que su cómplice, la mujer a la que amaba de una forma total, le había utilizado todo el tiempo, para terminar finalmente traicionándolo, haciéndole cargar con el muerto. Menuda forma de darle calabazas, se dijo, pero había que resignarse… Al fin y al cabo, lo primordial para el, era mantener a salvo su honor y su reputación.

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