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domingo, 18 de marzo de 2012

Ya llego.


La rueda trasera de la moto lanzó  la gravilla, en una ráfaga que acribilló al propietario, que venia corriendo por detrás. Salí disparado. En unos segundos alcancé la máxima velocidad, unos 260km/h. El tiempo se ralentizó, quizá debido a la adrenalina, que mi corazón distribuía a borbotones por mi organismo, o a la rapidez con que el paisaje quedaba atrás.
Recordé su SMS:
<Cariño, nos han encntrdo. Coches negros aparcads en l puerta. Vn rápido, voy a escondrm con la nña n l sótano. Tengo miedo!!!>
Me mordí el labio inferior, culpándome  por dejarlas solas, para ir andando a por víveres.
Apreté el codo contra mi costado, hasta notar la dureza del revolver...
Concentración.
Imaginé la secuencia: Frenar, desenfundar, disparar a la cabeza, acabar con todos, recogerlas y huir.
Nunca dejarán de perseguirnos.
Y todo, por inventar un motor que funciona con agua.

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